Cuando hablamos de alquiler, muchas veces pensamos en los precios de las grandes ciudades. Sin embargo, la realidad del medio rural es muy diferente. En los últimos años, el precio del alquiler ha aumentado de forma importante en las capitales de España, pero las rentas de las viviendas privadas en los pueblos siguen situándose muy por debajo de las que encontramos en los mercados urbanos. Por eso, para entender el problema del alquiler rural, conviene mirar los datos y ponerlos en contexto.
Una de las formas más útiles de comparar precios entre viviendas de distinto tamaño es utilizar el precio por metro cuadrado y mes (€/m²/mes). En España, el precio medio del alquiler se sitúa actualmente por encima de los 15 €/m²/mes, frente a los aproximadamente 7,5 €/m²/mes de 2014. En Madrid, por ejemplo, la media alcanza ya los 23,3 €/m²/mes. Son cifras que muestran hasta qué punto el mercado del alquiler urbano ha cambiado en los últimos años.
En el medio rural de Castilla y León la situación es muy diferente. La gran diversidad de las viviendas —tamaño, antigüedad, estado de conservación, ubicación o características— hace que hablar de un único precio medio tenga menos sentido que en una gran ciudad. Aun así, tomando como referencia viviendas de propiedad privada, es habitual encontrar rentas en torno a 350-450 euros al mes. Si hablamos de una vivienda de unos 100 m², estaríamos aproximadamente entre 3,5 y 4,5 €/m²/mes.
La comparación resulta significativa. Una vivienda de 100 m² alquilada por 400 euros al mes tendría una renta de 4 €/m²/mes, muy por debajo de los más de 15 €/m²/mes de media nacional. Estamos hablando de una diferencia aproximada del 73 %. Es decir, el alquiler privado en un municipio rural parte de unos niveles de precio muy alejados de los que actualmente encontramos en buena parte de los mercados urbanos.
Pero el precio por metro cuadrado no debería ser el único elemento que valore un propietario antes de establecer una renta. También es importante preguntarse qué esfuerzo supone ese alquiler para la persona o familia que va a vivir en la vivienda. No es lo mismo que una renta de 400 euros represente el 15 % de los ingresos familiares o que suponga el 30 % o el 40 %. En el primer caso puede existir margen para asumir una renta mayor; en el segundo, el nivel de esfuerzo es considerablemente mayor y conviene analizar con más cuidado la capacidad del hogar para mantener el alquiler.
Lo que te enseña Lanzadera de Vivienda de Territorio BIC
Por eso, desde la Lanzadera de vivienda de Herrera, recomendamos que, al valorar una renta, el propietario no se fije únicamente en cuánto se pide por otras viviendas. También conviene analizar la relación entre la renta y los ingresos de los posibles inquilinos. No existe un porcentaje único que sirva para todas las familias y todas las situaciones, pero conocer ese nivel de esfuerzo ayuda a tomar decisiones más prudentes y a plantear alquileres que puedan mantenerse en el tiempo.
Esta cuestión es especialmente importante en un municipio rural porque existe una demanda de vivienda muy concreta. Hay personas que quieren probar a vivir en el pueblo antes de decidir si compran, trabajadores que necesitan una vivienda durante un periodo determinado y jóvenes que quieren independizarse pero todavía no tienen capacidad económica para comprar. Para estas personas, encontrar una vivienda disponible puede ser mucho más difícil que encontrar una renta que puedan asumir.
Y ahí aparece uno de los principales retos del alquiler rural. Los precios de alquiler de las viviendas privadas son, en términos comparativos, bajos. Lo que falta son viviendas disponibles para alquilar que respondan a las necesidades de quienes quieren vivir en nuestros pueblos. Por eso, cuando hablamos de alquiler rural, quizá debamos dejar de centrar toda la conversación en cuánto cuesta el metro cuadrado y empezar a prestar más atención a cuántas viviendas existen realmente en alquiler.
Porque una vivienda privada puede representar mucho más que una renta mensual. Puede permitir que una persona llegue a Herrera, que una familia se quede, que un joven pueda independizarse o que alguien pruebe una nueva forma de vida antes de tomar una decisión de futuro. Y para que todas esas posibilidades existan, primero tiene que haber una vivienda disponible.
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